Renacimiento del vino mexicano: los pioneros del siglo XX

El renacimiento del vino mexicano en el siglo XX: los pioneros que nadie esperaba
El renacimiento del vino mexicano no fue un movimiento coordinado ni un plan gubernamental. Fue el resultado de decisiones individuales —muchas de ellas aparentemente irracionales— tomadas por inmigrantes, enólogos formados en Europa y empresarios que apostaron por una industria que todo el mundo daba por muerta. Un italiano que plantó viñedos en Baja California en 1926. Un conglomerado español que trajo tecnología moderna en los años 40. Un grupo de amigos que fundó una vinícola el mismo año que México firmó el tratado comercial que quebró a la mitad del sector.
Esta es la historia de cómo el vino mexicano pasó de ser un producto marginal, despreciado incluso dentro de su propio país, a la revolución que hoy llena cartas de restaurantes y cavas privadas de costa a costa.
En este artículo:
- Los años de abandono: 1920-1950
- Pioneros del siglo XX: los que plantaron cuando nadie creía
- L.A. Cetto y Pedro Domecq: industria antes que artesanía
- La generación de los 80-90: calidad sobre volumen
- Las bases para el boom: lo que dejó el siglo XX
Los años de abandono: 1920-1950
Para entender el renacimiento hay que entender primero el abismo. Después de la Revolución Mexicana (1910-1920), la industria vinícola mexicana estaba en estado terminal. Los campos de cultivo habían quedado arrasados o abandonados. La reforma agraria redistribuyó tierras sin considerar la aptitud vitícola. Muchas haciendas vinícolas fueron desmanteladas.
El consumo de vino en México era mínimo. La cerveza y el pulque dominaban la mesa popular. El tequila y el mezcal eran los destilados nacionales. El vino se percibía como producto de importación para élites: algo que llegaba de Francia o España en cajas de madera y se servía en banquetes formales.
No existía cultura vinícola nacional. No existían escuelas de enología. No existía una generación de viticultores formados. El vino mexicano, que había sobrevivido 226 años de prohibición colonial, parecía destinado a desaparecer no por decreto real sino por indiferencia.
Pioneros del siglo XX: los que plantaron cuando nadie creía
El primer acto del renacimiento lo protagonizó un inmigrante. En 1926, Angelo Cetto, un italiano de Trentino, se estableció en el Valle de Guadalupe, Baja California, y empezó a plantar viñedos. No eligió el lugar por casualidad: el microclima mediterráneo de la región —veranos secos y cálidos, inviernos suaves, brisa marina— le recordaba al norte de Italia.
Angelo Cetto no sabía que estaba fundando lo que se convertiría en L.A. Cetto, una de las bodegas más grandes y reconocidas de México. Lo que sabía era que la tierra era buena y que nadie más estaba haciendo nada con ella.
En los años 40, llegó el capital corporativo. Pedro Domecq, el conglomerado español de vinos y brandy, estableció operaciones en México. Su impacto fue doble: trajo tecnología moderna de vinificación (tanques de acero inoxidable, control de temperatura, técnicas de embotellado) y creó un mercado masivo para el brandy, que financió indirectamente el desarrollo vinícola posterior.
La llegada de Pedro Domecq a México en la década de 1940 transformó la industria de una manera que pocos anticiparon. El conglomerado no vino a hacer vino fino: vino a producir brandy para el mercado masivo mexicano. Pero para hacer brandy necesitaba viñedos, y los viñedos que plantó en Baja California y Querétaro sentaron las bases de infraestructura que la siguiente generación de enólogos aprovecharía para producir vinos de calidad. Los tanques de fermentación, las prensas industriales, los sistemas de riego y la cadena logística que Domecq construyó para su brandy fueron heredados, reciclados y adaptados por las vinícolas boutique que surgirían décadas después.
L.A. Cetto y Pedro Domecq: industria antes que artesanía
Durante las décadas de 1950 a 1970, L.A. Cetto y Pedro Domecq dominaron el panorama. No eran vinícolas boutique ni producían vinos de terroir. Eran operaciones industriales que producían volumen a precio accesible.
¿Era buen vino? Por estándares actuales, no siempre. Pero cumplió una función crítica: normalizó el consumo de vino producido en México. Antes de Cetto y Domecq, pedir vino mexicano en un restaurante era casi un acto de excentricidad. Después, al menos existía la categoría.
En los años 60 y 70, ambas empresas invirtieron en modernización. Importaron variedades europeas (Cabernet Sauvignon, Merlot, Chardonnay) para complementar la uva Misión. Contrataron enólogos extranjeros. Experimentaron con técnicas de crianza en barrica.
El problema era que operaban solas. México no tenía escuelas de enología, ni asociaciones vinícolas profesionales, ni críticos especializados, ni un mercado sofisticado que demandara calidad. L.A. Cetto y Domecq producían para un país que todavía no sabía qué hacer con el vino.
La generación de los 80-90: calidad sobre volumen
El punto de inflexión llegó con una generación de enólogos que rechazó el modelo industrial y apostó por la calidad como estrategia de supervivencia.
1987: Monte Xanic. Cinco amigos —Hans Backhoff, Ricardo Hojel, Tomás Fernández, Mario Benavides y César Ortiz— fundaron una vinícola en el Valle de Guadalupe con una premisa que parecía delirante: producir vinos mexicanos de clase mundial. Lo hicieron el mismo año que México ingresó al GATT, el tratado de libre comercio que abrió las puertas a la importación masiva y quebró aproximadamente 50 vinícolas nacionales.
¿Por qué fundar una vinícola el año que el mercado se derrumba? Porque Monte Xanic no iba a competir en precio. Iba a competir en calidad. Y en ese terreno, los importados baratos no eran amenaza.
Hugo D'Acosta: el catalizador. Formado en enología en Burdeos, D'Acosta regresó a México y se instaló en el Valle de Guadalupe. Su contribución fue triple: produjo vinos excelentes con su proyecto Casa de Piedra, fundó la primera Escuela de Enología en Ensenada, y mentoreó a una generación entera de enólogos que hoy dirigen sus propias vinícolas.

Hugo D'Acosta es probablemente la persona individual más influyente en la historia moderna del vino mexicano. No solo porque hace vinos excepcionales con Casa de Piedra, sino porque creó el ecosistema educativo que no existía. Antes de él, un mexicano que quisiera estudiar enología tenía que irse a Francia, España o California. Después de la Escuela de Enología de Ensenada, una generación de jóvenes enólogos pudo formarse en México, conocer su propio terroir de primera mano, y producir vinos que no intentaban imitar a Burdeos sino expresar lo que Baja California, Coahuila o Querétaro tenían para ofrecer.
Las bases para el boom: lo que dejó el siglo XX
Cuando terminó el siglo XX, la industria vinícola mexicana seguía siendo pequeña comparada con Chile, Argentina o España. Pero tenía algo que no tenía en 1920: cimientos.
Infraestructura. L.A. Cetto y Domecq construyeron bodegas, sistemas de riego y cadenas de distribución que las vinícolas boutique posteriores aprovecharon.
Talento humano. La Escuela de Enología de D'Acosta y los enólogos formados en el extranjero crearon una masa crítica de profesionales que antes no existía.
Terroirs identificados. Después de décadas de experimentación, el sector sabía qué variedades funcionaban en cada región. El Nebbiolo en Valle de Guadalupe, el Shiraz en Querétaro, el Cabernet en Coahuila dejaron de ser apuestas y se convirtieron en certezas.
Un puñado de vinos de referencia. Monte Xanic Gran Ricardo, Casa Madero 3V, L.A. Cetto Private Reserve. No eran muchos, pero demostraron que México podía producir vinos que competían en catas ciegas internacionales.
Enoturismo incipiente. A finales de los 90, el Valle de Guadalupe empezó a recibir visitantes que no iban por obligación sino por curiosidad. Las primeras rutas del vino se trazaron con más entusiasmo que infraestructura, pero plantaron la semilla de lo que en el siglo XXI se convertiría en un fenómeno turístico masivo.
¿Fue suficiente? No. La producción nacional todavía solo cubría una fracción de la demanda interna. El consumo per cápita era mínimo. Y la percepción de que "México no hace buen vino" seguía firmemente instalada en la mente de muchos consumidores.
Pero los cimientos estaban puestos. Y sobre ellos, la generación del siglo XXI construiría una revolución que llevaría la producción de 6,800 a 9,430 hectáreas, el número de estados productores de 6 a 17, y el consumo per cápita de 200 mililitros a 1.3 litros en una sola década.
El renacimiento del vino mexicano en el siglo XX fue lento, doloroso y protagonizado por un puñado de obstinados. La historia completa del vino en México tiene 500 años, pero el capítulo que cambió todo ocurrió entre 1926 y 1999, en viñedos del norte donde un italiano, un grupo de amigos y un enólogo formado en Burdeos decidieron que el vino mexicano merecía otra oportunidad.
Lo que heredamos de esos pioneros no es solo una industria: es la prueba de que apostar por calidad y autenticidad funciona incluso cuando el mercado dice lo contrario. Cada botella mexicana que se abre hoy en un restaurante fine dining lleva dentro un siglo de decisiones valientes tomadas por personas que creían más en la tierra que en las estadísticas.
¿Tu restaurante ya es parte de esta historia? Si gestionas vinos mexicanos y necesitas control profesional de inventario, rotación y servicio a socios de cava, descubre lo que Kavasoft puede hacer por tu programa de vinos →

