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Personajes del Vino Mexicano: Pioneros de la Industria

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Pioneros y personajes clave del vino mexicano a través de la historia

Personajes del Vino Mexicano: Pioneros de la Industria

Detrás de cada botella de vino mexicano que llega a tu mesa hay personas que apostaron cuando apostar no tenía sentido. Los personajes del vino en México no aparecen en los libros de historia que leímos en la escuela. No tienen monumentos en plazas públicas ni calles con su nombre. Pero sin ellos, la industria que hoy produce 870 medallas internacionales en un año simplemente no existiría.

Esta es la historia de esas personas — desde los frailes que trajeron la primera vid hasta los enólogos que están cambiando las reglas del juego en el siglo XXI. No es un listado enciclopédico. Es un recorrido por los momentos y las decisiones humanas que hicieron posible que México sea hoy una potencia vinícola emergente.

¿Por qué debería importarle esto a un restaurante? Porque el vino sin historia es alcohol en una botella bonita. Y los socios de una cava privada no pagan membresía por alcohol — pagan por experiencia, conocimiento y narrativa.

En este artículo:

  • Los misioneros: la primera generación del vino en América
  • Los pioneros industriales: de haciendas coloniales a bodegas modernas
  • La generación moderna: los que cambiaron todo
  • Los disruptores: rompiendo las reglas del vino mexicano
  • Enólogos que cambiaron el juego: la nueva guardia

Los misioneros: la primera generación del vino en América

La historia del vino en México empieza con un problema logístico del catolicismo colonial.

Hernán Cortés, en 1524, emitió una ordenanza requiriendo que cada colono con encomienda plantara mil vides por cada cien indígenas a su servicio. No lo hizo por amor a la enología — lo hizo porque la liturgia católica necesitaba vino consagrado y traerlo de España tardaba meses, llegaba avinagrado y costaba una fortuna.

Pero los verdaderos protagonistas de esta primera generación no fueron los conquistadores sino los frailes.

Fray Pedro de Escobedo fundó la Misión de Santa María de las Parras en 1568, en lo que hoy es Coahuila. No eligió el sitio por casualidad: el valle tenía uvas silvestres creciendo de forma natural, lo que sugería condiciones favorables para la vid. Los misioneros plantaron esquejes de la variedad que hoy conocemos como Misión — la misma Listán Prieto castellana que se convertiría en la cepa fundacional de toda América.

Lorenzo García llegó a Parras a finales de 1592 y fundó las bodegas de San Lorenzo el 18 de agosto de 1597, con autorización del rey Felipe II otorgada a través del gobernador de la Nueva Vizcaya, Diego Fernández de Velasco. Esas bodegas son hoy Casa Madero — la bodega más antigua del continente americano y una de las más antiguas del mundo fuera de Europa. Cuatro siglos y contando.

Francisco de Urdiñola, Marqués de Aguayo, estableció la que se considera la primera bodega comercial del continente en la Hacienda de Santa María de las Parras. No producía vino para la misa. Producía vino para vender. Fue, en cierto sentido, el primer empresario vitivinícola de América.

Los misioneros que plantaron las primeras vides en México no tenían idea de que estaban fundando una industria. Su motivación era pragmática y religiosa: necesitaban vino para celebrar misa en un territorio donde no existía. Pero la decisión de plantar Listán Prieto en el valle de Parras en el siglo XVI determinó cuatro siglos de historia vinícola continental. Cada bodega que existe hoy en México, Chile, Argentina y California le debe su origen a esos frailes que cargaron esquejes junto con sus cruces a través de un océano. La próxima vez que abras una botella de Casa Madero en tu cava privada, estás bebiendo la continuación directa de esa historia que empezó en 1597.

Los pioneros industriales: de haciendas coloniales a bodegas modernas

Entre el siglo XVII y mediados del XX, el vino mexicano vivió ciclos de expansión y contracción marcados por la política más que por el terroir.

La Corona española, temiendo la competencia con los vinos peninsulares, prohibió la plantación de nuevos viñedos en la Nueva España en 1595 — apenas dos años antes de la fundación de Casa Madero. La prohibición se aplicó con intermitencia, pero retrasó el desarrollo de la industria durante siglos.

El siglo XX trajo a los pioneros industriales:

Ángel Cetto, inmigrante italiano que llegó a Baja California en los años 1920, fundó lo que hoy es L.A. Cetto — la bodega más grande de México. Cetto entendió algo que nadie más vio en ese momento: el Valle de Guadalupe tenía un microclima mediterráneo comparable al de Toscana o el sur de Francia. Mientras el país miraba hacia el norte buscando tequila y cerveza, Cetto plantaba Cabernet Sauvignon y Nebbiolo.

Pedro Domecq — la empresa española — estableció operaciones en México y durante décadas fue sinónimo de vino para el mercado masivo. Su rol fue contradictorio: democratizó el acceso al vino pero también fijó un estándar de calidad bajo que tardaría generaciones en superarse.

Familia Cetto y Monte Xanic en los años 80 y 90 empezaron a demostrar que México podía producir vinos de calidad internacional. Monte Xanic, fundada en 1988, fue de las primeras bodegas mexicanas en ganar reconocimiento serio en concursos europeos.

Enólogos y pioneros del vino mexicano a través de la historia
Del siglo XVI al XXI: los personajes que construyeron el vino mexicano

La generación moderna: los que cambiaron todo

Si tuvieras que elegir un solo nombre que explique por qué el vino mexicano es lo que es hoy, ese nombre sería Hugo D'Acosta.

D'Acosta se formó como enólogo en Montpellier (Francia) y Turín (Italia). Regresó a México a finales de los noventa con una convicción que en ese momento parecía delirante: que el Valle de Guadalupe no tenía nada que envidiarle a las regiones vinícolas europeas. Solo necesitaba enólogos que supieran interpretar el terroir en lugar de intentar copiarlo.

En 2000 fundó Casa de Piedra, su propia bodega. Pero su contribución más transformadora no fue hacer vino — fue enseñar a otros a hacerlo. Creó la Estación de Oficios El Porvenir, conocida como "La Escuelita", donde formó a decenas de los enólogos que hoy lideran bodegas en todo México. No era una universidad formal — era un taller donde la uva dejó de tratarse como materia prima genérica y se convirtió en un ingrediente con identidad.

La lista de enólogos que pasaron por las manos de D'Acosta o se inspiraron en su filosofía es prácticamente un directorio de la industria actual del vino mexicano.

Amado Garza fundó Viñas de Garza en el Valle de Guadalupe en 2006. Su enfoque: consistencia obsesiva. Mientras otros productores saltaban entre estilos buscando tendencias, Garza se concentró en perfeccionar un portafolio coherente que reflejara fielmente el terroir de su parcela. Ha sido sinónimo de confiabilidad en un sector donde la variabilidad entre añadas todavía es un reto.

Laura Zamora, enóloga y fundadora de Casa Zamora, rompió un techo de cristal en una industria históricamente dominada por hombres. No fue la primera mujer en hacer vino en México, pero fue de las primeras en fundar su propia bodega y posicionarla con identidad propia en un mercado que no le facilitó nada.

Los disruptores: rompiendo las reglas del vino mexicano

La generación más reciente no llegó a perfeccionar lo que D'Acosta construyó. Llegó a cuestionarlo todo.

Noel y Jair Téllez fundaron Bichi Wines en 2014 en Tecate. Su propuesta: vino natural, sin intervención, hecho con variedades que nadie usaba. Mientras el mercado mexicano se concentraba en Cabernet Sauvignon y Merlot — las "variedades seguras" — los Téllez fueron a buscar viñedos centenarios de uva Misión, Rosa del Perú y Carignan.

Con la asesoría del enólogo chileno Louis-Antoine Luyt, especialista en cepas patrimoniales, vinificaron con fermentación natural, sin sulfitos añadidos, sin madera nueva. El resultado: vinos que los puristas del Valle de Guadalupe miraron con desconfianza y que los críticos internacionales recibieron con entusiasmo. Hoy, Bichi exporta a Estados Unidos, Europa y Japón.

Los Téllez representan algo más grande que una bodega exitosa. Representan la idea de que el vino mexicano no tiene que seguir el playbook europeo para ser relevante. Que la historia de cuatro siglos de la uva Misión es un activo, no una limitación. Que "natural" no es una moda sino una filosofía de producción con raíces (literalmente) centenarias.

Los disruptores del vino mexicano comparten un patrón que vale la pena estudiar. No llegaron a la industria desde dentro. Noel Téllez era músico. Laura Zamora se formó en enología pero fundó su bodega contra la corriente de una industria masculina. Hugo D'Acosta regresó de Europa cuando regresar a hacer vino en México parecía un paso atrás en la carrera. Lo que conecta a todos estos personajes es la convicción de que el terroir mexicano tiene voz propia y que la función del enólogo no es imponer un estilo sino escuchar lo que la tierra quiere decir. Esa filosofía es la que separó al vino mexicano moderno del vino mexicano que intentaba ser francés y fracasaba en el intento.

Enólogos que cambiaron el juego: la nueva guardia

La industria del vino mexicano en 2026 tiene más talento enológico concentrado que en cualquier momento de su historia. Algunos nombres que están definiendo el presente y el futuro:

Sofía Ramos — Enóloga de Decantos Vinícola, ha ganado reconocimiento por su trabajo con varietales blancos en Baja California, demostrando que la región no es solo territorio de tintos.

Carlos Lozano — En Adobe Guadalupe, ha sido consistente en producir vinos con identidad de terroir que figuran año tras año en las listas de los mejores mexicanos.

Enólogos de Coahuila — Una nueva generación está revitalizando Parras y zonas aledañas, demostrando que la región donde nació el vino americano todavía tiene mucho que decir. Las 2 Grandes Medallas de Oro de Coahuila en México Selection 2024 son testimonio de ese trabajo.

Lo que distingue a esta nueva guardia es su acceso a formación internacional sin perder la conexión local. Estudian en Davis, Montpellier o Adelaide, pero regresan a México con la intención de hacer vinos que sepan a México — no a California o Burdeos.

¿Qué significa todo esto para tu restaurante? Que cuando armas la selección de vinos de tu cava privada, estás eligiendo entre el trabajo de enólogos con formación de primer nivel mundial que producen volúmenes limitados. Cada botella mexicana en tu cava tiene una historia humana detrás — y esa historia es la que tu sommelier cuenta cuando el socio pregunta "¿qué me recomiendas abrir hoy?".

Los personajes que construyeron el vino mexicano — desde los frailes de Parras hasta los hermanos Téllez en Tecate — hicieron posible que hoy existan más de 200 bodegas, 870 medallas internacionales y un mercado que crece al 10% anual. La industria que ellos construyeron es la que tu programa de cavas privadas puede capitalizar.

Porque el vino sin historia es solo líquido. Y México tiene 429 años de historia esperando a ser contada copa por copa.


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